Universo Quemado
Imagen

Ochenta y tres años y un día

Cristian Piscitelli narra una tarde en el campo, entre un cumpleaños de 83 años y nuevos nacimientos, donde el tiempo adquiere otra medida.

Ochenta y tres años y un día

El pasado 6 de septiembre estuvimos en Lincoln festejando los 83 años del tío Nelson.

El domingo fue una prolongación de la noche anterior. Nos llevamos al campo lo que había quedado del cumpleaños y volvimos a sentarnos alrededor de una mesa, esta vez lejos de las paredes, con el sol arriba, tierra bajo los zapatos y ese aire limpio que en la ciudad uno termina olvidando que existe.

Había algo extraño y hermoso en comer las sobras de una fiesta.

La carne recalentada, las ensaladas que habían sobrevivido a la heladera, alguna botella empezada. Restos de una noche que ya había pasado, servidos otra vez para estirar unas horas más el cumpleaños.

Después del almuerzo nos quedamos de sobremesa.

En algún momento alguien avisó que una de las chanchas estaba pariendo.

Nos acercamos.

Había empezado a romper bolsa y, poco después, fueron apareciendo los primeros lechones. Mojados, torpes, buscando calor casi antes de saber dónde estaban. Uno se movía debajo del cuerpo de la madre. Otro apenas levantaba la cabeza. No llevaban ni una hora vivos y ya empujaban, respiraban, buscaban lugar.

Nosotros los mirábamos.

Algunos hablaban. Alguien hizo un comentario. Después seguramente volvimos a la mesa, al mate, a las conversaciones de familia.

Pero a mí me quedó dando vueltas una cuenta.

Era septiembre.

Para Navidad faltaban poco más de cien días.

En el campo esas cuentas se conocen. Uno aprende que ciertos animales nacen con un destino bastante menos misterioso que el nuestro. Si todo seguía su curso, algunos de esos lechones podían terminar formando parte de una mesa de diciembre.

Cien días.

Me resultó imposible no volver la mirada hacia Nelson.

Ochenta y tres años.

Habíamos pasado la noche anterior celebrando que estuviera ahí, que hubiera llegado hasta nosotros con todos esos años encima. A unos metros, detrás de un alambrado, otros seres acababan de empezar una vida que quizá pudiera contarse desde el primer día hasta el último con bastante precisión.

Entre una cosa y la otra estábamos nosotros.

Comiendo lo que había quedado.

Sacando fotos.

Hablando de cualquier cosa.

Haciendo tiempo sin llamarlo así.

Me pregunté cuántas veces vivimos de esa manera: como si los días fueran una provisión que alguien repone durante la noche.

No encontré ninguna respuesta.

Tampoco la busqué demasiado.

A las cinco de la tarde empezamos a despedirnos. Los saludos se fueron alargando junto a los autos. Siempre pasa. Uno dice que se va y todavía permanece diez minutos más, parado al lado de una puerta abierta, hablando de algo que podría haber esperado.

Después subimos Dai, Eric y yo.

Arranqué.

Durante los primeros metros miré varias veces por el espejo retrovisor.

La chacra empezó a hacerse más chica.

Quedaban atrás Nelson con sus ochenta y tres años, la familia terminando aquel domingo, las mesas que seguramente todavía habría que levantar y, en algún lugar que ya no podía distinguir desde el camino, esos animales atravesando su primer atardecer.

Pensé que para ellos todo había empezado esa tarde.

Para Nelson, el día anterior había sido el número treinta mil y tantos.

Para Eric, uno de los primeros cientos.

Y para nosotros tres, otro más.

Eso era lo inquietante.

Que desde adentro todos se sienten iguales.

Seguí manejando hasta que la chacra desapareció del espejo.

Compartir

¿Te gustó esta historia?
Suscribite y recibí novedades del Universo Quemado. Sin spam.