Marucha: cuento completo
Lectura completa de Marucha, cuento de Cristian Piscitelli ambientado en marzo de 1977, en una estación rural bonaerense donde el último tren de pasajeros coincide con una fuga, una traición descubierta y una tragedia imposible de detener.

En marzo de 1977, el último tren de pasajeros se detuvo en Marucha.
La orden de clausura llevaba una semana debajo del vidrio del escritorio. El jefe de estación la había leído tantas veces que ya podía distinguir las palabras sin acercarse: suspensión, servicios, disposición superior. Afuera, los rieles devolvían una claridad opaca y el viento arrastraba tierra contra los zócalos del edificio.
Aquella mañana había visto a Elena en Curarú.
Iba sentada junto a Nicasio en el sulky, con una bolsa de mercadería entre los pies. Él llevaba las riendas y hablaba inclinado hacia ella. Al pasar frente al almacén, Elena sostuvo el paquete de yerba para que no se cayera. Parecían un matrimonio regresando a su casa. Eso eran, todavía.
Dos horas después llegó sola a la estación.
Traía el mismo tapado oscuro y una valija pequeña que escondió detrás del armario de encomiendas. El jefe alcanzó a verla desde la boletería, pero siguió acomodando los formularios. Desde hacía cuatro meses venía ejercitando esa manera de apartar los ojos.
Al principio habían sido encargos.
El maquinista traía remedios desde Timote, sobres que no pasaban por el correo y alguna revista que Elena guardaba debajo del tapado. Después comenzaron las demoras. Vega bajaba de la locomotora y caminaba hasta el galpón con cualquier pretexto; ella aparecía por el camino viejo antes de que terminaran de descargar. A veces regresaba al pueblo con un paquete. Otras, con las manos vacías.
El jefe nunca los había visto besarse. Había visto cosas más difíciles de explicar: la forma en que Elena conocía los días de servicio, una marca de rouge detrás de la oreja de Vega, el botón de nácar que ella buscó durante media hora junto a los durmientes. Cuando lo encontró, se lo guardó en el bolsillo.
A las cinco y cuarenta, Elena dejó la valija donde estaba y salió al andén.
—¿Va a parar? —preguntó.
—Es el último.
Ella miró hacia Curarú. Desde allí se distinguían los eucaliptos y algunos techos, aunque su casa quedaba escondida detrás de la arboleda.
—Eso ya lo sé.
El tren apareció poco antes de las seis. La locomotora hizo vibrar el vidrio de la boletería y levantó una polvareda que tardó en cruzar el andén. Vega bajó antes de que el motor quedara regulando. Llevaba la gorra en la mano y la camisa oscurecida debajo de los brazos.
Buscó a Elena.
El jefe le acercó el libro de guardia. Vega firmó sin leer y dejó la lapicera atravesada sobre el renglón.
—Tenemos seis minutos —dijo el jefe.
Vega levantó la vista.
—Hoy no.
El guarda abrió el furgón. Bajó dos sacas de correspondencia, un cajón de botellas y una máquina de coser envuelta en arpillera. Mientras trabajaba, Elena permaneció junto a la pared. El camino estaba libre y Curarú comenzaba a encender sus primeras luces.
Vega esperó a que el guarda regresara al tren. Entonces tomó a Elena por la cintura y la llevó detrás de la oficina. Ella le acomodó el cuello de la camisa, metió dos dedos debajo de la tela y extrajo una cadena fina que él llevaba contra el pecho. De la cadena colgaba una medalla.
—Pensé que no venías —dijo Vega.
—Dormí con la valija debajo de la cama.
Él le apoyó la frente en el pelo.
El jefe los vio reflejados en el vidrio de la boletería. También vio la bicicleta acercándose por el camino.
Nicasio pedaleaba de pie, con el saco abierto y la cabeza hundida entre los hombros. La rueda delantera saltaba en cada huella seca. Al llegar al alambrado dejó caer la bicicleta. No la apoyó ni buscó el alambre bajo por donde cruzaba la gente. Pasó por encima y se enganchó un pantalón, pero continuó andando.
Elena oyó los pasos antes de verlo. Se apartó de Vega y se cerró el tapado.
Nicasio se detuvo a pocos metros.
Tenía barro en un zapato y un hilo de sangre debajo de la nariz. Miró primero la mano de Vega, todavía apoyada en la cintura de Elena. Después reparó en la valija detrás del armario.
—Esta mañana te pregunté —dijo.
Elena bajó los brazos.
—Sí.
—Me miraste a la cara.
Ella no contestó.
Nicasio avanzó hasta la puerta de la oficina. Desde el tren, el guarda hizo sonar el silbato. El ayudante se asomó por la ventanilla de la locomotora y levantó una mano, preguntando qué ocurría.
—Sacá la valija —ordenó Nicasio.
Vega se interpuso.
—Ella se viene conmigo.
La frase quedó suspendida entre los tres. Elena miró al maquinista. Retrocedió medio paso, sin llegar a acercarse a ninguno de los dos.
Nicasio metió la mano debajo del saco.
El jefe alcanzó a verle la culata del revólver.
—Dejá eso —dijo.
Nicasio pareció no escucharlo. Elena dio un paso y le sujetó la muñeca. Durante un instante quedaron unidos por ese brazo: ella tirando hacia abajo, él tratando de levantarlo, Vega buscando dónde entrar sin empujarla.
El primer disparo abrió una astilla en el piso del andén.
Elena soltó la muñeca. Vega se abalanzó sobre Nicasio y ambos chocaron contra el carro de equipajes. Una rueda se destrabó. El carro avanzó solo hasta golpear el banco.
El revólver quedó aprisionado entre los cuerpos.
Nicasio disparó otra vez.
Vega se arqueó. Mantuvo las manos sobre los hombros del marido y lo empujó contra la pared. Al costado de la puerta estaba la barra de hierro que el jefe utilizaba para mover cajones. Vega la encontró sin mirar.
El golpe sonó más bajo que el disparo.
Nicasio cayó sentado, con la espalda apoyada en los ladrillos. El revólver permaneció sobre su muslo. Quiso recogerlo, pero los dedos se le cerraron antes de alcanzarlo.
Vega soltó la barra.
Caminó hacia Elena con una mano metida debajo de la camisa. La otra buscó su hombro. Alcanzó a pronunciar la primera sílaba del nombre y cayó de rodillas. Ella intentó sostenerlo, aunque el peso la obligó a retroceder hasta la pared.
El maquinista quedó tendido de costado.
Durante unos segundos solamente se oyó el motor de la locomotora. El ayudante había bajado y permanecía junto al primer vagón. El guarda sostenía el silbato en una mano. Ninguno se acercaba.
El jefe se arrodilló junto a Nicasio. Le tocó el cuello y después hizo lo mismo con Vega. Al levantarse, tenía sangre en dos dedos.
—Hay que buscar al médico.
El guarda miró hacia Curarú.
—Cuando llegue, va a ser tarde.
Ya lo era.
El jefe ordenó que retiraran el tren. La vía debía quedar libre antes de que oscureciera y aquel servicio tenía estaciones por delante, aunque Marucha terminara allí. El ayudante subió a la cabina. El guarda cerró el furgón y dejó la máquina de coser sobre el andén.
Elena no pidió subir.
La locomotora comenzó a moverse. Pasaron frente a ella las ventanillas vacías, el furgón y el farol rojo del último coche. La tierra levantada por las ruedas cruzó el andén y se pegó a la sangre.
Cuando el tren desapareció, el jefe entró en la oficina para buscar dos mantas.
Al regresar, Elena seguía de pie contra la pared. Nicasio había quedado a su derecha, con una pierna doblada y la mano cerrada sobre el ruedo del tapado. Vega yacía del otro lado, vuelto hacia ella, con la palma abierta junto a uno de sus zapatos.
El jefe cubrió a Vega y mandó cerrar la señal. Nadie dio la orden de partida.
La locomotora siguió regulando junto al andén. El humo del gasoil bajaba bajo el alero y se mezclaba con la colonia de violetas que Elena se había puesto esa tarde.
Dos días después, la formación salió vacía hacia El Recado. Ningún otro tren volvió a detenerse en Marucha.
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Cristian 

