Las hamacas amarillas | Cuento
Dos hamacas amarillas, un primer amor y una carta que nunca llegó a leerse. Un cuento sobre la infancia, las despedidas y las palabras que quedaron sin decir. Reversión literaria, 2026.

La última vez que Soledad vino a mi casa, me quedé sentado detrás de la puerta, esperando que dejara de llamar.
Había reconocido sus pasos desde el patio. Caminaba arrastrando un poco las zapatillas, una costumbre que su madre le reprochaba y que yo había aprendido a distinguir incluso entre las conversaciones de la vereda.
Golpeó tres veces.
—Soy yo —dijo.
Lo sabía.
La casa estaba vacía. Mi madre había salido al almacén y, desde donde me encontraba, podía alcanzar el picaporte con solo levantar una mano. Sin embargo, permanecí inmóvil, con las rodillas recogidas contra el pecho.
Del otro lado, Soledad volvió a llamarme.
Aquella tarde traía una carta.
Nunca llegué a leerla.
La había conocido una tarde de septiembre, cuando los árboles de la plaza empezaban a recuperar las hojas y todavía quedaban charcos de las últimas lluvias.
Estaba junto a las hamacas amarillas, sosteniendo una ramita con la que intentaba alcanzar una mariposa.
La recuerdo enorme, de alas claras y bordes oscuros. Aunque debo admitir que, a esa distancia de los años, ya no estoy seguro de sus dimensiones. Quizás era una mariposa corriente y lo extraordinario pertenecía a aquella tarde.
Soledad llevaba un vestido rosa y tenía el pelo negro, largo hasta la mitad de la espalda. Cada vez que levantaba la rama, algunos mechones le caían sobre la cara. Los apartaba con un movimiento impaciente de la cabeza, sin quitar los ojos del insecto.
—La vas a espantar —le dije.
—Ya se espantó —contestó—. Por hablar vos.
No encontré manera de discutirle.
La mariposa cruzó por encima de las hamacas y desapareció entre las ramas de un paraíso. Soledad siguió mirando hacia arriba un momento. Después tiró la ramita, se sacudió las manos contra el vestido y se sentó en una de las hamacas.
—¿Me empujás?
Me acerqué por detrás, apoyé las manos en su espalda y le di un impulso.
—Más fuerte.
Volví a empujarla.
—Más.
La hamaca tenía una cadena torcida que golpeaba contra la argolla de arriba. Cada vez que pasaba por el punto más alto producía un chirrido breve, seguido por dos golpes de metal.
Soledad se reía cuando la hamaca alcanzaba suficiente altura para que sus pies parecieran tocar las ramas.
Después de un rato frenó con las zapatillas.
—¿Vos cómo te llamás?
Se lo dije.
—Yo soy Soledad. Pero no me digas Sole, porque no me gusta.
Apenas terminamos de presentarnos, me pidió que me sentara en la hamaca de al lado.
Nos quedamos allí hasta que las sombras de los árboles llegaron a la vereda y su madre apareció para buscarla.
Antes de irse, Soledad volvió sobre sus pasos.
—El domingo vengo de nuevo.
No me preguntó si yo iba a estar.
Durante toda la semana procuré que nadie se enterara de cuánto esperaba que llegara el domingo.
Con el tiempo establecimos una rutina que nunca necesitamos acordar.
Los domingos nos encontrábamos en la plaza. Casi siempre ocupábamos las mismas hamacas, aunque Soledad tenía la costumbre de sentarse en la mía cuando llegaba primero.
A veces discutíamos por eso.
Ella decía que todas eran iguales. Yo le recordaba que la suya hacía ruido.
—Bueno, cambiala —contestaba.
Y yo terminaba sentado en la que chirriaba.
Si llovía, íbamos a mi casa. Mi madre nos preparaba algo para tomar y nos dejaba mirar televisión en el sillón del comedor.
Soledad tenía una manera particular de acomodarse: doblaba las piernas debajo del cuerpo y ocupaba mucho más lugar del que necesitaba. Cuando yo protestaba, se corría apenas unos centímetros.
—Ahí tenés.
—No me alcanza.
—Entonces sentate en el piso.
Nunca conseguía que me diera más espacio.
Una tarde, mientras mirábamos una película, nuestras rodillas quedaron juntas. Ninguno de los dos hizo comentario alguno. Yo pasé buena parte de la película atento a aquel contacto, preocupado de que cualquier movimiento pudiera interrumpirlo.
Cuando terminó, Soledad se levantó para buscar agua y yo me quedé mirando el hueco que había dejado sobre el almohadón.
En otra ocasión se durmió a mi lado. Tenía la cabeza inclinada y un mechón de pelo le rozaba la mejilla. Seguí mirando un programa que detestaba porque cambiar de canal me parecía una forma de despertarla.
Me imaginaba haciendo cosas con ella cuando fuéramos grandes. Vivir en la misma casa, tener un perro, salir juntos a comprar lo que hiciera falta. Llegué a pensar en casarnos, aunque desconocía casi todo lo que un matrimonio significaba después de la fiesta.
Nunca se lo mencioné.
Había cosas que podía decirle sin dificultad y otras que se me quedaban detenidas en la boca.
Me gustaba verla llegar con las mejillas coloradas por el sol, escucharla quejarse cuando algo le salía mal, acompañarla hasta la esquina de su casa y hacer durar la despedida inventando asuntos que ya habíamos conversado.
Su madre tenía un jazmín junto al portón. Algunas tardes Soledad arrancaba una flor y la llevaba entre los dedos hasta que terminaba deshaciéndola.
Una vez dejó una sobre la mesa de mi cocina.
Mi madre la encontró esa noche, mientras limpiaba, y la tiró a la basura.
Me enojé tanto que dejé de hablarle durante la cena. Cuando quiso saber qué me pasaba, dije que nada.
Todavía recuerdo su desconcierto.
Soledad también se enojaba conmigo.
Una tarde, dos muchachos mayores que nosotros nos vieron en las hamacas.
—Mirá los noviecitos —gritó uno.
El otro empezó a hacer ruido de besos.
Sentí la cara arderme.
—¡No es mi novia! —contesté.
Los muchachos se rieron.
No conforme con haberlo negado, agregué que Soledad me seguía a todas partes y que a veces no sabía cómo sacármela de encima.
Ella dejó de hamacarse.
Esperó a que los otros se alejaran y bajó de un salto.
—No era necesario decir eso —me dijo.
—Era un chiste.
—A mí no me dio gracia.
Se fue antes de que pudiera inventar una disculpa.
El domingo siguiente regresó, aunque permaneció casi toda la tarde sin dirigirme la palabra. Me había llevado dos caramelos, los que sabía que le gustaban, y dejé uno sobre el asiento de su hamaca.
Lo observó un momento.
—Está lleno de tierra.
—Lo podés limpiar.
Lo levantó, le quitó el envoltorio y se lo guardó en la boca.
Al rato volvió a hablarme.
Nunca supe si me había perdonado o si, sencillamente, tenía ganas de jugar.
La primavera avanzaba y las tardes parecían alcanzar para todo.
Hasta que un domingo Soledad llegó distinta.
Se sentó en la hamaca amarilla sin pedirme que la empujara. Tenía la mirada fija en sus zapatillas y hacía pequeños surcos en la tierra con las puntas.
—Nos vamos —dijo.
Creí que hablaba de irse a su casa.
—Bueno. Yo me quedo un rato más.
—Nos vamos del país.
Dejé de moverme.
—¿Cómo que del país?
—Mi papá consiguió trabajo afuera. Nos vamos el jueves.
Esperé que se riera. Soledad era capaz de sostener una mentira durante varios minutos con tal de verme preocupado.
Pero aquella vez siguió mirando al suelo.
—¿Y cuándo volvés?
Se encogió de hombros.
—No sé.
—¿En las vacaciones?
—Mi mamá dice que puede pasar mucho tiempo.
Le pregunté a qué país iban. Me dijo un nombre que yo apenas conocía del mapa de la escuela. Quise saber si había plazas, si iban a vivir en una casa, si iba a tener que aprender otro idioma.
Respondió lo que pudo.
Después guardó silencio.
—Yo tampoco quiero irme —dijo.
Había algo en su voz que no le había escuchado nunca. Me miró esperando una respuesta, y yo aparté los ojos.
Durante aquellos meses había llegado a creer que Soledad formaba parte de las cosas que siempre estarían a mi alcance. Los árboles de la plaza, la vereda de mi casa, el ruido de la cadena, su mano estirada cuando necesitaba que la ayudara a bajar de algún lugar demasiado alto.
Ahora me hablaba de un país lejano y de una fecha que los adultos ya habían decidido.
—¿Y el domingo? —pregunté.
—El domingo ya voy a estar allá.
Nos quedamos un rato en silencio.
Una mariposa pequeña atravesó la plaza y se posó sobre un cantero. Soledad la siguió con la mirada, pero esta vez no fue detrás de ella.
Le pregunté si estaba contenta de irse.
—¿Vos qué pensás?
No contesté.
Cuando llegó la hora de volver a casa, caminamos juntos hasta la esquina. Allí, donde siempre nos separábamos, esperé que dijera algo más.
Soledad me dio un beso rápido en la mejilla.
Sentí el roce de su pelo y el perfume tenue del jazmín que crecía junto a su casa.
—Nos vemos antes de que me vaya —dijo.
Yo asentí.
La vi caminar hasta su portón. Entró sin volverse.
En lugar de regresar a mi casa, fui hasta la plaza y me senté en su hamaca.
La cadena hizo el ruido de siempre.
Dos días después vino a despedirse.
Yo estaba en el comedor cuando escuché abrirse el portón del patio. Me asomé por la ventana y la vi acercarse a la puerta con algo blanco entre las manos.
Era un sobre.
Mi madre había salido hacía unos minutos. Estábamos solos.
Soledad golpeó suavemente.
—¿Estás?
Me acerqué sin hacer ruido.
—Sé que estás —insistió—. Te vi por la ventana.
Apoyé una mano sobre el picaporte.
—¿Qué querés?
—Traje algo para vos.
Miré la cerradura. A través del pequeño espacio entre la puerta y el marco entraba una línea de luz.
—Dejalo ahí.
—Quiero dártelo yo.
—No tengo ganas.
Hubo un silencio.
—¿Estás enojado?
No respondí.
—Es una carta —dijo.
Yo había visto sus dibujos muchas veces. Dibujaba árboles con raíces enormes, casas con chimeneas torcidas y personas cuyos brazos parecían demasiado largos. Una vez había intentado dibujar nuestras hamacas, pero las cadenas le salieron desparejas y terminó arrugando el papel.
Me gustaban aquellos dibujos. A veces los guardaba entre las páginas de mis cuadernos.
Sin embargo, frente a esa puerta, pensé que aceptar la carta sería participar de una despedida que me resultaba insoportable.
—No la quiero.
—Pero la hice para vos.
Su voz sonó distinta. Había perdido la seguridad con la que solía discutir nuestras pequeñas diferencias.
—La escribí anoche —agregó—. Y tiene un dibujo.
Deslicé la mano fuera del picaporte.
—Llevátela.
—¿Ni siquiera vas a abrir?
Yo tenía nueve años. Hasta entonces, cuando algo me hacía sufrir, había encontrado maneras bastante sencillas de demostrarlo: dejar de hablar, esconderme, romper algún objeto, negarme a hacer lo que me pedían.
Aquella tarde elegí quedarme detrás de la puerta.
No sabía qué hacer con la tristeza de Soledad. Mucho menos con la mía.
—Está bien —dijo finalmente.
Esperé.
—Chau.
Escuché sus pasos alejarse por el patio.
Tuve el impulso de abrir, pero seguí inmóvil. Una parte de mí esperaba que regresara, que volviera a golpear, que insistiera con esa obstinación suya de las tardes en que quería hamacarse más alto.
Me senté en el piso y apoyé la espalda contra la madera.
Pasaron varios minutos.
La casa había recuperado sus ruidos habituales: el zumbido de la heladera, algún vehículo que avanzaba por la calle, el viento entrando por una ventana mal cerrada.
De pronto pensé que Soledad podía marcharse sin que volviéramos a vernos.
Me incorporé y abrí.
Todavía estaba a media cuadra.
Caminaba despacio, con la cabeza ligeramente inclinada. Llevaba el sobre blanco en una mano y con la otra sostenía algo que no alcancé a distinguir.
Pensé en llamarla.
Llegué a avanzar hasta el umbral.
Entonces se detuvo junto a un árbol, apoyó un pie sobre una raíz y se agachó para atarse un cordón. Puso el sobre debajo del brazo, acomodó los extremos de la zapatilla y volvió a caminar.
Cuando alcanzó la esquina, miró hacia la plaza.
Esperé que girara la cabeza hacia mi casa.
No lo hizo.
El jueves me enteré de que se habían marchado.
Su casa estaba cerrada. La ventana que daba a la calle tenía la persiana baja y, junto al portón, el jazmín había empezado a perder algunas flores.
Me quedé allí un rato.
Después caminé hasta la plaza.
Las hamacas amarillas seguían donde siempre. Había un hombre sentado en un banco, dos mujeres conversando cerca de la fuente y unos chicos que corrían alrededor del cantero.
Me senté en la hamaca de Soledad.
La cadena torcida golpeó contra la argolla.
Intenté balancearme, pero llevaba los pies demasiado cerca del suelo y apenas conseguí moverme.
Me puse de pie y empujé el asiento vacío.
Una vez.
Después otra.
El chirrido se extendió por la plaza mientras la hamaca avanzaba y retrocedía. La seguí empujando hasta que el hombre del banco se levantó y se llevó a uno de los chicos de la mano.
Yo también tendría que haber vuelto a casa.
Sin embargo, me quedé un rato más.
Quería recordar cómo reía Soledad cuando llegaba al punto más alto, el movimiento de su pelo, la manera en que apretaba las cadenas cuando creía que iba a caerse.
Y quería saber qué había escrito.
Durante mucho tiempo imaginé aquella carta.
Al principio estaba convencido de que contenía una declaración de amor. Con los años fui agregándole palabras, imaginando despedidas, promesas y confesiones que probablemente jamás estuvieron allí.
Soledad nunca me había dicho que me amaba.
Ni siquiera sé si alguna vez pensó en hacerlo.
Quizás solo quería despedirse. Contarme cómo sería su nueva casa. Dejarme una dirección para que pudiéramos escribirnos. Tal vez había dibujado las dos hamacas amarillas y, como siempre, una de las cadenas le había salido más larga que la otra.
No conservo ninguna fotografía suya.
Algunos detalles se han ido borrando. Ya no recuerdo el sonido exacto de su risa ni puedo asegurar que aquel vestido fuera rosa. Hay tardes en que intento reconstruir su cara y termino encontrando los rasgos de otras personas.
Pero recuerdo la puerta.
El lugar donde apoyé la espalda.
La voz que me pedía que abriera.
Y aquel sobre blanco que Soledad llevó consigo hasta la esquina.
He regresado muchas veces a esa escena. En algunas versiones me levanto enseguida, corro detrás de ella y la alcanzo antes de que termine de atarse el cordón. En otras, simplemente giro el picaporte cuando llama por primera vez.
Siempre me detengo allí.
No puedo imaginar qué decía la carta sin inventar también la expresión de Soledad mientras yo la leía.
La única despedida que conozco ocurrió de otra manera.
Aquella tarde, después de verla desaparecer en la esquina, bajé los escalones de mi casa y revisé el suelo junto al portón. Busqué entre las baldosas, detrás de una maceta y debajo del felpudo.
Había visto perfectamente que se llevaba la carta.
La busqué igual.
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Cristian 
