Universo Quemado
Fragmento

La primera mañana fría — Fragmento de El Boliche Quemado

Un amanecer en Nueva Plata: la jauría, el carro de la sodería y el silencio que anuncia un antes y un después. Fragmento del capítulo 'La última ida' de El Boliche Quemado.

En los pueblos, los días suelen comenzar antes que las personas.

A veces es un gallo. Otras veces el ruido de un motor viejo. En Nueva Plata, aquella mañana, fueron los perros.

Mientras el frío comenzaba a instalarse sobre los caminos de tierra, una jauría entera perseguía al carro de la sodería como si esa batalla repetida pudiera alterar el orden del mundo. Los ladridos, los gritos del repartidor y el crujido de las ruedas formaban parte de una rutina tan antigua como el propio pueblo.

Pero algunas mañanas traen algo más que costumbre.

Algunas llegan con la apariencia de un día cualquiera y terminan marcando un antes y un después.

"Era la primera albada realmente fría del año, pero la manada de perros no conocía de licencias. Religiosamente, se organizaban cada día como una jauría feroz, dispuestos a atacar el carro de la sodería que avanzaba por la calle de tierra con su carga de sifones."

Este fragmento pertenece al capítulo "La última ida" de El Boliche Quemado.

Una escena aparentemente simple que retrata la vida cotidiana de los pueblos bonaerenses de mediados del siglo XX: sus sonidos, sus rituales y esa forma tan particular en que lo extraordinario suele llegar disfrazado de rutina.

Porque en Nueva Plata, incluso los amaneceres más comunes esconden algo que todavía no fue dicho.

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