Infancias rurales de 1960 | Universo Quemado
Cómo era ser niño en la ruralidad bonaerense de 1960: mandatos, silencios y ternura. Una reflexión de Cristian Piscitelli, autor de Universo Quemado

Hay una edad en la que un chico se queda parado en el marco de una puerta, con una llave en la mano que todavía no sabe bien para qué sirve, mirando hacia el camino como si algo tuviera que llegar de ahí. Afuera, la escarcha no se levantó todavía del pasto y un poste del alambrado se ve torcido contra la luz baja de la mañana. Adentro, el mate se está cebando, los huevos están en el plato, y nadie le explicó por qué esta vez la llave se la dieron a él.
En la ruralidad bonaerense de 1960 eso pasaba sin que nadie lo notara: el día que un padre confiaba una llave, o decía "vení, ayudame" en un tono que no admitía volver al patio a seguir jugando. Ese chico ya sabía encender la cocina a leña, cebar mate sin volcar una gota, caminar solo el camino de tierra con la punta de los pies entumecida por el frío. Pero convivía también con otra cosa, menos visible: el silencio de los grandes durante el almuerzo, que pesaba distinto que un reto, y que un chico aprendía a leer antes que las letras de la escuela.
El Día del Niño, en esos pueblos, casi nunca tenía vidriera. Era una pelota con los cordones gastados, una torta hecha esa misma mañana, una gaseosa repartida en vasos distintos entre todos los primos. A veces ni siquiera tenía nombre: era domingo, era la mesa más larga de lo normal, era no ir al corral por un rato.
De esos chicos —de los que guardaron una pregunta en el bolsillo del pantalón corto y la sacaron recién de grandes, cuando ya no quedaba a quién hacérsela— nace buena parte de Universo Quemado.
Si esta imagen te devolvió una casa, un camino, una llave parecida a esa, contame. A veces alcanza un detalle así de chico para que vuelva un pueblo entero.
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Cristian 

