El entenao
Un adolescente descubre en el galpón un secreto de su padrastro. Un cuento sobre lealtad, silencio y lo que un pueblo no perdona.

Beto tenía quince años cuando el padre se fue a Comodoro y no volvió más. Su madre se juntó con Ramón al año siguiente, y desde entonces la casa tuvo otro orden: otro paso en el patio, otra forma de cebar el mate, otra mano que le enseñó a enlazar y a leer las nubes antes de una tormenta.
Ramón era de pocas palabras. Con Beto había sido más padre en tres años que el otro en once.
Una noche de marzo, con calor pesado, Beto salió a tomar agua del aljibe y vio luz en el galpón del fondo. Se acercó descalzo. Por la rendija entre las chapas vio a Ramón de espaldas, con la camisa abierta, y a Aníbal, el hombre que aparecía cada tanto a arreglar cosas que no necesitaban tanto arreglo, con una mano quieta en su nuca. No había apuro en el gesto. Había cuidado.
Volvió a la cama sin hacer ruido y no durmió esa noche.
Los días siguientes trabajó al lado de Ramón como siempre, cargando bolsas, arreando hacienda, sin decir nada. Aprendió rápido a guardar silencio, aunque cada vez que veía una lámpara a kerosén se le apretaba algo en el pecho que no sabía nombrar.
Un domingo, la vecina Filomena le preguntó de pasada, con la voz de quien ya sabe la respuesta que quiere escuchar, si Aníbal seguía yendo tan seguido por la estancia. Beto contestó que iba cuando había trabajo, nada más, y sostuvo la mirada hasta que ella cambió de tema. Recién ahí entendió que ya no era solo el secreto de Ramón. Ahora también era el suyo, y lo iba a defender.
Meses después, ayudando a su madre a ordenar cosas viejas del padre que se había ido, encontró una caja de cartas nunca enviadas, atadas con hilo de coser. Las abrió una por una, esperando encontrar el nombre de otra mujer.
Todas estaban dirigidas a un hombre. Un tal Casimiro, de Comodoro Rivadavia.
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Cristian 

