El deseo no envejece como creemos: madres, abuelas y su intimidad
Una reflexión sobre el deseo en las mujeres mayores y la intimidad de nuestras madres y abuelas que, como hijos y nietos, apenas conocemos.

En las fotos de juventud de nuestras abuelas buscamos parecidos. La nariz que heredó una nieta, los ojos de nuestra madre. Podemos recorrer una cara entera sin preguntarnos qué deseaba esa mujer cuando todavía no tenía a ninguno de nosotros.
Hay algo incómodo en admitir que pudo mirar a un hombre con el que nunca se casó y seguir pensando en él después de acostarse junto a su marido. Que pudo tener una fantasía que nos resultaría difícil escuchar. Quizás llegó a cumplirla. Nuestra ignorancia permite ambas cosas, aunque solemos acomodar su pasado a la versión que nos deja más tranquilos.
Me intriga esa tranquilidad. La facilidad con que damos por conocida la intimidad de alguien porque pasamos muchos años sentados a su mesa.
Nos contó cómo conoció a nuestro abuelo. Sabemos dónde hicieron la fiesta y cuánto costó el vestido. Hay una historia familiar que se repite en los cumpleaños, corregida entre todos hasta que cada episodio encuentra su lugar. Lo que esa historia deja afuera ya resulta más difícil de preguntar. A veces alcanza con imaginar la respuesta para sentir que nos estamos metiendo donde no nos llaman.
Mientras tanto, hablamos de la libertad sexual de nuestra época con una seguridad que me hace dudar. Tenemos otras palabras y una exposición distinta. Eso nos permite decir cosas que antes podían costar una reputación. Pero de ahí a creer que inauguramos esas fantasías hay una distancia enorme, llena de vidas que apenas conocemos.
¿Cuánto podemos deducir de una mujer que nunca habló de sexo delante de sus hijos? ¿Qué sabemos de lo que hizo con sus ganas cuando cerraba la puerta?
También me incomoda escribir todo esto en pasado. Como si para aceptar el deseo de una mujer de setenta años necesitáramos devolverla primero a los veinte. Puede estar deseando ahora, mientras nosotros le acercamos una silla y hablamos por ella.
A veces veo en una persona mayor algo de la joven que fue. Me pregunto si esa impresión nace de un gesto suyo o de una limitación mía: me resulta más fácil atribuirle ganas a su juventud que reconocerlas en el cuerpo que tengo enfrente.
Vuelvo a la fotografía. En el reverso alguien escribió una fecha y los nombres. La mujer sostiene la mirada de quien tomó la foto. De esa persona, que estuvo del otro lado y consiguió que mirara así, no quedó ninguna anotación.
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Cristian 

