AVISAME CUANDO LLEGUES
Por Cristian Piscitelli

Hay personas que se van dos veces.
La primera ocurre mucho antes de la muerte y casi nadie la nota. Sucede despacio. Un día llaman menos. Después dejan de insistir. Después empiezan a desaparecer de las conversaciones cotidianas. Siguen existiendo, pero ya habitan una distancia distinta, una que nadie sabe señalar con precisión.
La segunda vez llega más tarde.
Cuando uno descubre que ya no queda tiempo para corregir nada.
Ni aquella respuesta apurada. Ni el mensaje que quedó sin enviar. Ni la visita que siempre podía esperar una semana más. Ni esas palabras pequeñas que nunca parecían urgentes porque, después de todo, siempre habría otra oportunidad para decirlas.
Con los años, la memoria hace cosas extrañas. Borra fechas. Confunde lugares. Mezcla voces. A veces uno olvida hasta el color de una habitación donde pasó media vida. Pero ciertas cosas permanecen. No las importantes. No las que deberían.
Permanecen las otras.
Las frases dichas al pasar.
Las promesas mínimas.
Las conversaciones que parecían destinadas al olvido.
Tal vez por eso, años después, una noche cualquiera, encontrás aquella conversación.
No la estabas buscando. Aparece sola, escondida entre contactos olvidados, cumpleaños vencidos y mensajes que ya no significan nada. La abrís. Leés. Seguís bajando. Buscás algo, aunque no sabés exactamente qué.
Una explicación.
Una despedida.
Cualquier cosa que justifique ese peso inesperado.
Pero no hay nada.
Porque nadie sabía que era la última vez.
Entonces ocurre algo extraño.
No recordás qué ropa llevaba esa persona. No recordás qué clima hacía aquel día. Ni siquiera recordás cuándo fue la última vez que la viste.
Pero recordás perfectamente tus últimas palabras.
Siguen ahí.
Quietas.
Esperando desde hace años.
Y durante un instante absurdo, imposible, profundamente humano, te quedás mirando la pantalla.
No porque esperes una respuesta.
Sino porque una parte de vos todavía no acepta que aquel "avísame cuando llegues" quedó esperando para siempre.
Cristian 